sábado, 26 de mayo de 2007

No volví.

Caminé sin parar toda la tarde. Ni sé por dónde estuve, ni como llegué hasta ahí. Abrí el celular: estoy cerca de tu casa, ¿estás?
Ví la silueta de Rafa ya en la puerta y recién cuando lo tuve cerca, pude llorar. Tal vez antes no pude por miedo a no parar nunca más. Me abrazó en silencio, me sostuvo fuerte, me dejé sostener por sus brazos y lloré. Sentí vaciarme de lágrimas ahí mismo, contra su pecho y él, paciente, esperó. Cuando empecé a tranquilizarme oí su voz que me decía al oído ¿querés contarme, o mejor no?
Mejor no
, balbuceé.
Entonces otra vez sus dedos rodearon toda mi mano y apretó su palma contra la mía con fuerza. Empezó a caminar por el pasillo, por la escalera, guiándome despacio hasta llegar a la puerta del departamento 4. Acá vivo yo, bienvenida, me dijo mientras hacía un gesto de reverencia invitándome a pasar.
Después de ofrecerme un vaso de agua, de miles pedidos de disculpas y de miles de sonrisas ante cada pedido, después de dejar definitivamente claro que era mejor no hablar de lo que me había pasado esa tarde, él se puso a despejar un poco de cosas así tenemos por lo menos donde sentarnos y yo, en silencio, a ayudarlo. Y cuando ya estuvimos un rato largo como si jugáramos a las escondidas, merodeando por todo el ambiente que es su departamento, uno y otro por distintos rincones, se acercó, me agarró de la cintura dejándome de espaldas a él y me dijo: ¿te quedás un rato más?: fideos con salsa de hongos, un vinito rico, una película y un chocolate con almendras de postre…¿querés?
Asentí con la cabeza y nos pusimos a cocinar. Los fideos estuvieron riquísimos, el vino ayudó a devolverme sonrisas veraderas, la película fue La lección de piano y el chocolate acompañó cada escena. La vimos juntos por primera vez, aunque cada uno ya la había visto antes. La disfrutamos en silencio, atentos, apenas rozándonos las manos por momentos, y en otros dejándonos librados a las ganas de hacer de cuenta que estábamos ahí porque no podía haber otra posibilidad que ésa: estar juntos.
Durante la película lloré otra vez. Lloré por ella y lloré por mí. Pero esta vez no tuve miedo de vaciarme en el llanto.

Cuando terminó, despegué la cabeza del huequito de su pecho y le pedí que llamara un taxi. Sí, mejor me voy, me hiciste demasiado bien esta noche y no vaya a ser que me acostumbre. Sonreímos.
Cuando llegamos a la puerta de calle me dio vuelta y me besó. Reconocí el gusto que me había dejado ese último beso en la puerta de mi casa y disfruté el reencuentro. Y en ese instante que duró su beso el cuerpo entero -que creí disecado por completo un rato antes- se me humedeció, por dentro y por fuera. Fue como recuperar hasta el último mililitro de líquido perdido en las lágrimas lloradas horas atrás sólo con un beso. Con su beso.

Hace rato que estoy sola en casa y no puedo sacarme algunas escenas de la cabeza. Y mientras las repienso y las revivo no puedo dejar de preguntarme: ¿será que hay hombres que no pueden hacer otra cosa que mutilarnos, mientras que otros están hechos para desearnos deseantes?, ¿son tan hombres unos como otros?, ¿cómo es posible diferenciarlos?
Y yo... ¿qué clase de hombres elijo yo?




domingo, 20 de mayo de 2007

Está más flaco.

Siempre lindo, pero está como demacrado. Ya en el reflejo de la ventana se nota. Me sonríe detrás de las sombras que hace el árbol de la calle en el vidrio (con esa sonrisa que tanto me gusta), evito volver a mirarlo para que no se me note y entro. Cuando me acerco a darle un beso los dos titubeamos, pero finalmente nos damos un beso en la mejilla. Me sonrío, él ya no. Sentados una vez más en la mesa de siempre en el bar de siempre, me pregunta cómo estoy, sin esperar realmente una respuesta -lo noté en el tono de su voz y sólo me encojí de hombros para darle paso a sus palabras-. Y entonces, mirándose los dedos inquietos que juguetean con la cucharita del café, empieza a hablar y no para, como si se le acabara el tiempo.
Mirá flaca, hace como un mes que mi vida se transformó en un infierno... estuve por llamarte muchas veces y no me dio la cara. Para mí esto es muy difícil, y sé que para vos también va a serlo de alguna forma ... por eso tardé en llamarte. Te juro que no sé cómo decírtelo, pero no podía seguir pasando el tiempo sin que lo supieras y quería que fuera por mí. Flaca, -me dijo mirándome a los ojos por primera vez- María está embarazada. Y es mío. Te juro que no entiendo nada. Las cosas se me fueron de las manos hace tiempo. Yo no quería esto. No paro de hacer cagadas. Todo me sale al revés de lo que quiero. Porque yo te quiero, Flaca, te quiero a vos, pero hago todo mal. Y ahora esto. Voy a tener un hijo que no busqué, que ni siquiera imaginé. Y no sé qué carajo hacer con todo esto. No entiendo nada, Flaca. Y no te pido a vos que me entiendas tampoco, pero te juro que yo quiero estar con vos. Y una cosa es ese hijo, del que me voy a hacer cargo, claro, pero otra es ella. Yo no quiero estar con ella, yo te quiero a vos. Pero es todo una mierda. No sé si voy a poder hacer bien las cosas alguna vez. No sé qué carajo hacer de mi vida, entendés?
Sobrevuelo el bar, a metros de distancia, lo sobrevuelo lentamente. Podría detenerme donde quisiera, descender, formar parte de esa conversación, contestarle, llorar, o gritar. Pero no, sobrevuelo esa mesa, la de siempre, veo su cara demacrada y desconcertada, y mi silueta dibujada como si estuviera realmente ahí. Nos veo, a la distancia, lo escucho cada vez más lejos. Escucho cada vez más fuerte mi corazón, rebotando en las paredes de mi pecho, cada vez más rápido, más intenso, cada vez más corazón y menos cuerpo. Más corazón y menos oidos. Sus frases empiezan a despeluzarse en el aire: no elegí. flaca, te amo. tiempo. por favor, flaca, dale, decime algo. hijo. maría. no te quedes así. boludo. perdoname, otra vez. flaca... Hasta que terminan convirtiéndose en sonidos indescifrables para mí, que estoy a metros de distancia, a años de distancia, perdida una vez más en la inmovilidad del abandono más absoluto, otra vez como cuando era chica y estaba frente a aquellas fotos blanco y negro de papá, con su sonrisa congelada y su mirada que me miraba sin verme nunca más. Viendo la escena como si viera la maqueta de mi propia película y yo fuera, a la vez, aquella que fui frente a las fotos, y la que soy hoy frente a él.
- Y vos, Flaca, ¿qué vas a querer?, me sopapeó la voz del Chino, con la sonrisa pegada a la cara mientras limpiaba la mesa, apurado como siempre.
- Nada, Chino, yo ya me iba.

Intento decir algo, realmente lo intento. Pero no me sale una sola palabra.
Mauro ya dejó de vomitar sus culpas y de pretender mi opinión, mi perdón, mi compasión. Y cuando pasó un rato en que los dos miramos a lados distintos como si jugáramos a no conocernos, en silencio, me levanto.
Y me voy.



domingo, 13 de mayo de 2007

No está mal volver hoy.

Aunque ir a la oficina cada vez me pesa más. Y cuantos más días paso sin ir, peor. Pero es lunes, y los lunes Rafa no viene. Quizás no estaría mal verlo. Ver qué me pasa. Qué nos pasa. Fue todo tan raro. La salida de la oficina como cualquier día, terminar en aquel telo, su mano, la caminata bajo la lluvia, el beso. Y después, el silencio de todos estos días -y en el silencio su cuerpo, su mano, esa ceja apenas levantada al escucharme, la risa, el beso-. Pero no, mejor así, mejor que no esté hoy. No va a ser un día fácil. Mauro insistió en vernos al mediodía para hablar y no pude negarme. Ayer cuando llamó me tomó por sorpresa, no esperaba su llamado, y menos su pedido, y dije bueno. No dije ni , ni claro, ni yo también quiero. Dije bueno, y eso bastó para quedar en almorzar en el lugar de siempre. Pero no está bueno. Me cuesta verlo. Me doy cuenta que sigo enojada, triste, dolida. Y que no tengo nada de qué hablar.
Casi tres años, algunos proyectos, una llegada a destiempo, un velo corrido y una charla de adiós. Aunque suene extraño, a eso se resume nuestra historia hoy, y tal vez sería mejor no intentar cambiarla. Pero en su pedido había cierta certeza de que debíamos vernos. Tal vez fue eso lo que me convenció. No sé. ¿Habrá pasado algo? O no, tal vez simplemente sea que su amor por mí es mas fuerte que todo, y aún sabiéndose no merecedor de mi perdón, me necesite y me extrañe y no pueda hacer otra cosa que buscarme. Me sonrío al pensarlo. Cuánta novela vista y leída, Flaca. Se te fue la mano. Pero bueno, lo concreto es que me inquieta el encuentro. Se lo notaba ansioso en su llamado.
Por suerte llegué a la oficina temprano y solo está Fabiola. Todavía medio dormida me recibe con una sonrisa y un te extrañamos Flaca, ¿cómo fue todo?, ¿llegaste con lo que tenías que presentar? -gesto y pregunta que registro con sinceridad y cariño, digno de ella y de muy pocos más acá adentro-. Mientras retribuyo con un genuino gracias Fábiol, sí, presenté todo, pero no sé qué me costó más, si llegar con el proyecto o entrar hoy acá, me voy sentando en mi escritorio y comienzo con el ritual cotidiano. Prendo la compu, guardo la cartera en la cajonera, doy vuelta las hojas del organizador hasta llegar al día de hoy, pongo la clave en el correo, y mientras va abriendo, voy en busca del primer café.
Cuando vuelvo, en medio de la larga lista de mensajes en rojo, los ojos se me van directo al que en el asunto dice:
... sé lo difícil que es volver...

y cuando lo abro continúa: ... por eso quería darte los buenos días, y desearte que la vuelta desde tu luna no sea tan difícil como lo imaginás y que hoy el sol brille, aunque sea un poquito, para vos.
otro beso, rafa.
No puede hacerme esto...
Releí el mensaje unas diez veces antes de poder ponerme a trabajar.

sábado, 5 de mayo de 2007

Agarrame de la mano y sacame de acá,

pero agarrame bien fuerte y vámonos lejos. Empecemos de nuevo esta historia que todavía no empezó. Olvidémonos de este arrebato de hoy y conquistémonos. Enamorame hasta que no pueda hacer otra cosa que buscarte -a vos, no a tu cuerpo-. Mostrame tu forma de querer. Descubrí la mía. Y no me preguntes nada más por ahora. No busques entenderme porque ni yo misma me entiendo. Sacame de acá, dale..., le dije al oído. Me miró por el espejo, sonrió, me dio vuelta muy despacio y me abrazó muy fuerte. Y susurró ...no sé si sé cómo se hace, lo estuve intentando todo este tiempo.
Al rato nos vestimos sin hablar. Agarramos nuestras cosas y antes de abrir la puerta extendió su mano. Apoyé mi palma en la suya y entonces sus dedos envolvieron y sujetaron fuerte toda mi mano.
Salimos y era un día gris, lloviznaba. Igual caminamos muchas cuadras. No sé cuántas. Muchas. Primero en silencio, después, de a poco, empezamos a hablar de cosas sin importancia, de cosas casuales, intrascendentes, verdaderas. Y nos reímos, mucho. Varias veces me encontré mirándolo de reojo, redescubriéndolo en los gestos que durante tanto tiempo me fueron imperceptibles, pero que en ese momento podía reconocer como propios de él. Su forma de tocarse la nariz al reír, o esa ceja apenas levantada mientras me escuchaba con atención... Gestos bien de Rafa. Del mismo Rafa al que veo, desde hace más de un año, tres veces por semana en la oficina y por el que hasta ahora nunca me había sentido atraída. Todo era muy extraño y hasta por momentos parecía irreal. Pero el tiempo que duró la caminata me olvidé de aquel espejo, de mi angustia y de la lluvia.
Cuando llegamos a la puerta de casa no supe bien qué hacer aunque sin pensarlo mucho más le ofrecí subir. No, nena...andá, ya va a haber tiempo..., y me dio un beso tan dulce y sensual que deseé que no terminara nunca.

Ya pasaron dos semanas. Hoy tengo que entregar los papeles de la beca y me tomé una licencia para escribir hasta terminar. Todos estos días me la pasé definiendo objetivos y proponiendo nuevos recortes de estudio para las plantas de siempre. Paz dice que me fugué de todo y me refugié en los papeles. Puede ser, pero no me quedaba otra.
En todos estos días Mauro no llamó, Rafa tampoco.
Yo pensé en los dos.

domingo, 15 de abril de 2007

Los dos boca arriba,

mirando al techo. Me hace acordar a esa escena de Perdidos en Tokio que tanto me gustó. Pero nosotros no somos ellos. Te veo y me veo, desnudos, sudados, extenuados. Hace unos minutos estábamos comiéndonos el cuerpo con el cuerpo. Y yo sentía que me dejaba perder en vos como hacía tiempo no me pasaba. Y te abrazaba fuerte buscando que te fueras conmigo. Y en ese instante no existían las palabras, ni los pensamientos, ni nada que no fuera tu cuerpo y el mío, jugando a conocerse y a provocarse más, otro poco más. Te veo y me veo en el espejo. Tu mano apenas toca la mía en un roce lento y acompasado. Y yo, que te veo al lado mío y todavía lo busco a Mauro en esa imagen, no puedo responder a tus caricias, y contengo el llanto. Quizás hubiese sido mejor que el espejo me devolviera una imagen como la de ellos dos en la peli, vestidos en la misma cama, deseándose con la mirada, hablándose, conociéndose con palabras. No estamos vestidos, como ellos. No hablamos ni nos quedamos dormidos acompañándonos. No entiendo qué hago acá, en este hotel, con vos. No sé si fue lo mejor. Quisiera preguntarte, como ella le pregunta a él sobre la vida. Quisiera contarte y que me escuches. Ojalá no hayamos echado todo a perder. Tu cuerpo me gusta. Vos me gustás. Me gustó mucho tenerte en mi cuerpo. Pero estoy muy angustiada ahora, y quisiera estar sola, para poder llorar.

miércoles, 11 de abril de 2007

Casi no nos miramos a los ojos.

Creo que vine preparada para escucharte, y hasta para entender. Pero no estoy preparada para mirarte a los ojos. Será que me es difícil volver a mirarte con los mismos ojos en los que quedaron grabadas aquellas imágenes, no sé. Y a vos te costará por vergüenza, o por tristeza, o por no saber qué hacer con el dolor que te devuelven mis ojos. Tampoco sé. Pero casi no nos miramos.
Vos me hablás del antes, de mi distancia, de mi reclusión en la beca, de mi falta de interés de estos últimos tiempos. También hablás de tu confusión, de tu dejarte llevar por lo que de entrada sabías que no conducía a otra cosa que a esto. Y de lo que me amás. Y me decís muchas otras cosas. Algunas las registro bien, otras ni las oigo. Otras prefiero olvidarlas. Yo casi no hablo. Ni de mi amor, ni de nada. Sólo te agredo con palabras sueltas y me silencio hasta la incomodidad. Te provoco con preguntas de las que los dos sabemos la respuesta. Después te escucho más allá de lo que vos mismo estabas dispuesto a decir. Descargo mi humillación. Me tranquilizo. Reflexiono.
Y entonces lloramos juntos. Puteamos. Rercordamos. Sonreimos. Hasta nos acariciamos las manos. Pero todo eso, casi sin mirarnos a los ojos.
Y ya en la calle, parados los dos en la puerta del bar, escucho tu adios, Flaca, cuidate..., y cuando tus manos levantan despacio mi cara, yo cierro los ojos y siento cómo unos labios -que ya no saben a vos- se apoyan en un beso, tibio, sobre los míos. Y recién ahí entiendo.
Casi no nos miramos a los ojos. Ya no veríamos lo que veíamos al mirarnos.

lunes, 2 de abril de 2007

Prefiero esperar.

No estoy lista para hablar ahora (¿cuándo se está listo, en realidad, para enfrentar al dolor sabiendo que uno va a su encuentro?) ... y en serio tal vez me merezco esto y mucho más, pero démonos aunque sea la posibilidad de hablar, dale... beso, Flaqui, te amo... Y yo, parada ahí, frente al contestador, mientras miro la luz roja titilando pienso que no, no puedo todavía hablar con él sin desmoronarme del todo.
Ya pasó una semana. No sé medir el tiempo en términos lógicos. No puedo saber si "ya es hora de que hablemos de lo sucedido" o no. Pero tengo las marcas de la imposibilidad en el cuerpo. No, todavía no.
Son las once de la noche, por suerte ya es una hora tolerable para meterme en la cama sin sentir que lo único que quiero hacer es eso, meterme en la cama. No soporto verme así, sentirme así, me desconozco. Ni siquiera toqué un solo papel del proyecto en toda esta semana. Eso no me lo perdono. Sí, ya sé, es entendible, no fue cualquier semana. Pero de todas maneras, no me lo perdono. Mañana retomo sí o sí. Aparte, los plazos me corren. No voy a llegar si sigo sin escribir. Laburé mucho en este proyecto, no puedo dejarlo caer ahora. Qué bien me vendría que me acepten la beca. La distancia ayudaría, claro que ayudaría. Tengo que conectarme con eso, sí, y dejar de pensar todo el tiempo en Mauro y en lo que pasó. Igual, me gane o no la beca, antes tengo que resolver las cosas con él. Es lo que corresponde. Bah, lo que corresponde... como si él hubiera hecho las cosas como corresponde. Pero bueno, me conozco, y yo no podría irme sin arreglar antes las cosas con él. Aunque de acá a que presente todo y salgan los resultados falta tanto. Me gustaría desmaterializarme y materializarme de nuevo dentro de dos meses, con la beca ganada, y ya en España. Qué bronca, me vendría bárbaro viajar ya mismo y patear el tablero aunque sea una vez. Patear el tablero, qué expresión antigua. Tengo que enfrentarlo, tenemos que hablar. Más vale no dejar pasar más tiempo. Mejor me dejo de dar vueltas y me duermo. Mañana retomo la beca. Mañana lo llamo. De mañana no pasa.
Entra un mensaje al celular. Es de Rafa, ... viste qué linda está la luna hoy?...
Sonrío. No sé si contestarle. Mejor me duermo. Mañana retomo la beca, mañana llamo a Mauro, de mañana no pasa, sí que vi la luna hoy, siempre miro la luna.
Sonrío.

domingo, 1 de abril de 2007

Qué se yo.

No sé si lo intuía. No sé si lo imaginaba, o si lo sabía. Qué se yo. Todo quedó como en un antes y un después, entendés? Y ahora no puedo pensar en lo que me pasaba antes. Sí que te entiendo, me dice Paz mientras saca la pava del fuego. Pero bueno, intento ayudarte a encontrar por qué pasó lo que pasó. ¿No estarías descuidando mucho la relación con Mauro con esto de tu focalizarte en lo tuyo, me dice haciendo con los dedos el gesto de comillas para focalizarteenlotuyo?, ¿no pensaste en que quizás vos tenés algo de responsabilidad en todo esto? Y ojo, que no estoy justificando lo que hizo, pero bueno, qué se yo, estas cosas no se dan de un solo lado, nunca. Pero por favor, Paz, no me vengas con psicologismos a esta altura. Mauro me está poniendo unos cuernos así de grandes con una mina que yo misma le presenté ¿y vos me venís con que las cosas no siempre son de un solo lado?, ¿encima de boluda tengo que sentirme culpable, ahora? Disculpame, Flaca, no me malinterpretes. Te juro que no quise hacerte sentir peor, en serio. Al contrario. Intento ayudarte a pensar de dónde viene todo esto. Pero tenés razón, quizás no sea éste el momento, me dice, y se estira hacia mí hasta que sus manos me acarician el brazo una, mil veces. Automáticamente las lágrimas vuelven a chorrearme la cara, el cuello, todo. Otra vez lloro. Otra vez enmudezco. Otra vez me invaden esas imágenes. Mauro, María, yo llegando... Yo paralizada.
Y otra vez me siento en medio de una soledad que ya conozco, en la que ya estuve otras veces, y de la que quisiera escapar para siempre. Esa misma soledad en la que me sentaba a mirar esas fotos de papá que ya me conocía de memoria, en silencio y esperando a que mamá -o alguien, cualquiera- pasara cerca y, con una palabra, me rescatara de esa mirada absorta en la sonrisa congelada, en el movimiento construido, en la imposibilidad de formar parte de esa escena, pero de la que me apropiaba para, aunque sea, tenerlo de algún modo.

viernes, 30 de marzo de 2007

6 p.m.

Ni un minuto más. Ya cierro todo y me voy. No veo la hora de llegar a casa. El día duró años. No me distraje nada, pensé todo el tiempo. Mauro llamó dos veces y no lo atendí. María ninguna. Yo no llamé a nadie. Me sé todos los detalles del capítulo de ayer, como si no me lo hubiera perdido. Rafa me trajo un marroc cuando volvió de su almuerzo. Y yo, por lo menos, no lloré.

jueves, 29 de marzo de 2007

Qué difícil estar acá.

La oficina está más ruidosa que nunca. Todos entran y salen, tipean en sus computadoras, suenan los teléfonos, hablan fuerte, se ríen, comentan el programa de ayer. Y a mí me pesan los ojos. Me laten. Debo estar hecha un monstruo. Nadie me dijo nada, pero se me debe notar en la cara. Es indisimulable. Encima las cosas acá no están como para faltar. Si en cualquier momento caen a auditarnos. Igual, ¿qué hubiera hecho?, ¿quedarme en casa dándome máquina?, ¿llorando, puteando, tirada en la cama? Mejor era despejarme. Pero no me despejo nada. No paro de pensar. Por lo menos no estoy tirada en la cama. Ellos siguen riéndose sobre el programa de ayer. Cómo te lo perdiste Flaca, me dicen. No sabés qué bueno que se puso. De los mejores capítulos. Qué lástima que no lo viste. Justo ayer. A vos, que te gusta tanto cuando se arman esas situaciones entre ellos dos, y que parece que no van a poder resolver nunca. Los guionistas son geniales, eh. Hay que ver cómo lo resuelven la semana que viene. No te lo podés perder, no. Y yo sonrío como si estuviera prestándoles atención. Intento comentar algo. No me sale mucho, pero ellos no se dan por enterados. Vuelvo a mi teclado, a mi pantalla, a trabajar, o por lo menos, a hacer que trabajo. Levanto la vista. Todos siguen en la suya menos Rafa. Él me mira. Me sonríe. Como preguntándome qué me pasa, o como diciéndome sé que te pasa algo. Le sonrío. Vuelvo a bajar la mirada. Trago saliva, miro el teclado. No quiero que se me escape una sola lágrima.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Esas imágenes.

En medio de la oscuridad, no puedo sacarme esas imágenes de la cabeza. Mauro, María, yo llegando. Mauro sin darse cuenta. María mirándome a los ojos. Yo paralizada. Mauro dándose vuelta. María separándose de su cuerpo. Mauro mirándome a los ojos. Yo paralizada. Mauro acercándose. María diciéndole pará, dejame explicarle a mí. Mauro pidiéndome no te pongas mal. María agarrándome de la mano y llevándome a la otra sala. Yo sacándome su mano de encima. Yo sintiendo mis latidos más fuertes que sus voces. María pidiéndome perdón. Mauro buscando abrazarme. Yo diciéndole que es un hijo de puta. Yo queriendo no mirar para donde estaba María. Mauro diciéndome dale, vámonos y hablamos tranquilos. Yo con el cuello mojado, con la cara mojada, con los ojos hirviendo. Hijos de puta, son dos hijos de puta. Y yo la más boluda. Mauro diciéndome no, no digas eso. María diciéndome no, no digas eso. Digo lo que se me canta.
Después Mauro abrazándome. Los dos llorando. Mauro diciéndome que se siente un pelotudo, que nunca tendría que haber pasado eso, que lo único que le importa es que yo lo perdone, que se dejó llevar pero que ahora se siente el más boludo, que me ama, que lo perdone, que él no se lo va a perdonar nunca, pero que yo lo perdone, por favor. Yo como sedada, anestesiada, dopada, mirándolo llorar, buscando explicar, abrazándome, diciendo te amo, perdoname, perdoname. Yo como dopada, con el cuello mojado, la cara mojada, los ojos hirviendo, hinchados. Anestesiada. Diciéndole vamos, nos esperan en la fiesta.
Lavémonos la cara y vamos.

martes, 27 de marzo de 2007

Me sobresaltó un trueno.

Siempre me sobresaltan los truenos. Los relámpagos no cumplen, en mi caso, la función de avisar lo que se viene. Yo me sobresalto igual. De todas formas, esta vez no vi la luz del relámpago antes de que estallara el ruido. Es que estaba muy dormida creo.
Se me abrieron los ojos de golpe, yo sé que se me abrieron de golpe. Pero es como tenerlos cerrados. Está todo oscuro. Totalmente oscuro. Miro para el costado y no encuentro las luces verdes de la hora que me orientan en medio de la noche desde la mesa de luz. No hay números. No tengo idea de la hora. No hay luz.
(estiré la mano buscando tu hombro, para darte vuelta despacio hasta que te acomodaras a mi cuerpo y te quedaras, cucharita, abrazándome fuerte, tanteé sólo una vez, no estabas)
Esta noche yo decidí dormir sola. Estoy muerta de miedo. A oscuras.
Afuera diluvia y yo estoy sola.

lunes, 26 de marzo de 2007

Dije no.

Lo dije. Pero no escuchaste cuando te lo dije. Y a partir de ahí todo fue un malentendido. Porque vos seguiste ahí, en medio de la fiesta, bailando e insistiéndome para que bailemos juntos un tema, y otro. Una cerveza, otra y otro tema más.
Ni siquiera escuchaste que yo te dije no. Y te lo dije. Si hasta te movía la cabeza cuando te lo decía. Pero vos, que querías quedarte ahí, olvidándote de todo lo que había pasado antes de entrar, creiste que era el movimiento de mi cabeza al bailar. Pero era un no. Yo dije no y vos no te diste por enterado.
Por eso el malentendido.
Por eso tu sorpresa ahora, que ya salimos de ahí y llegamos a la puerta de casa y vos estás por entrar como cualquier otro día. Y yo te digo no. Acá, parados los dos, sin música, ni baile, ni nada. No, hoy no. Prefiero dormir sola.