Fabiola estiró la mano con el vaso de fernet al grito de por el mejor viaje de tu vida, Flaca.
Y porque no pares hasta descubrir la planta del placer, agregó Paz riéndose. Se sumaron los vasos del resto de la mesa y Aníbal aprovechó para levantarse y hacer uno de esos discursos que tanto le gustan. Pobre, no es que no me importe, pero la verdad es que no lo escuché. Miré a la puerta, volví a sonreír y cabeceé en señal de agradecimiento. Sonreí para Mariela también, que queda rarísima en medio de este bar lleno de humo, ruido y música que en su vida habrá escuchado.
Volví a cruzarme con la mirada de Fabiola, que seguía cómplice mi fuga mental. Che, Fábiol, ¿de Rafa sabés algo?, ¿dijo si venía?
No sé, Paz nos mandó mail a todos, imagino que sí, no creo que te falle...
No, no me fallaría -me apuré a contestar intentando disimular un poco- después de todo él sabe que no me gustan las despedidas. Viste que éstas son ideas de Paz. Que cómo te vas a ir como si te fueras a Chascomús, que un viaje así merece una despedida con todas las letras, que dejá que yo me ocupo, que olvidate de todo, vos sos la agasajada.
Se nota que te quiere mucho Paz.
Sí, es como mi hermana, yo no sé que hubiera sido de mí sin ella en más de una. La miro del otro lado de la mesa y le guiño el ojo. Ella me responde el guiño y dice: siguen llegandooo...
Ya me parecía que no iba a dejar de venir, pienso mientras giro la cabeza hacia la puerta. Pero no, es Susana.
Pobre, te hicieron venir hasta acá a vos también, le digo mientras la abrazo.
¡Y cómo me la iba a perder, nena, te nos vas a cruzar el charco, no podía no estar acá!
El alcohol y la música hicieron lo suyo y al rato ya estábamos todos bailando. Todos, hasta Susana. Todos, menos Mariela que se fue antes porque es que me tengo que levantar temprano mañana para llevar a los chicos al colegio.
Y nos quedamos hasta que nos hicieron notar que el bar cerraba.
Paz y Pablo me acompañaron hasta mi casa. Estuvo lindo al final ¿viste, Flaca?, dijo mientras me abrazó fuerte. Ahora, no seas gila y no te pongas a pensar boludeces. Y llamame mañana si te parece que no llegás con todo. Si no, igual, hablamos durante el día y te pasamos a buscar a las ocho para llevarte a Ezeiza.
No supe cómo agradecerle. Pero eso no me preocupa, ella sabe bien que mis lágrimas en su hombro fueron eso, mi agradecimiento. Por estar en todo, hasta en lo que se me cruza por la cabeza.
Y sí, la verdad es que estuvo linda la despedida. Por momentos logré olvidarme de que estábamos ahí por mi viaje, de que yo no había querido esa despedida, y hasta me sentí como la novia o la quinceañera de la fiesta a la que todos agasajan. Y me olvidé por completo de que irme me asusta y hablé del viaje como lo mejor que me podía pasar en la vida.
Me logré olvidar de muchas cosas. Menos de Rafa.
Lo vi en cada uno que llegaba. Revisé el celular miles de veces esperando, por lo menos, un mensaje. Y lo imaginé en cada puerta que se abría.
Pero no, no vino.
Una casa con diez pinos
Hace 5 años.