Otra vez en Buenos Aires.
Todo fue tan rápido que no llegué a saber qué prefería. Si avisar para que me vinieran a buscar, o no. En realidad no supe a quién avisar. La que podría haber venido era Paz, pero pasa fin de año en su pueblo.
Así que, no avisé.
El aeropuerto fue un infierno de gente yéndose. Mientras hacía los trámites de aduana tuve la sensación de que solo yo volvía. Las filas interminables y las caras de agobio eran las de los vuelos de salida.
La cinta trajo enseguida la misma valija que me llevé al irme. Pero que está llena con ropa nueva, otro perfume, otras músicas. Y el mismo cuaderno de hojas cuadriculadas, ahora casi a punto de quedarse sin cuadrados vacíos.
Cuando subí al remise y me preguntó la dirección, tardé en contestar. A San Telmo, le dije, después te indico la dirección exacta. Cuando bajamos de la autopista y el auto enfiló para el Bajo le pedí que doblara y me dejara en la puerta del hotelito que está frente a la plaza.
Al entrar recordé mi llegada aquel día a la pensión de Madrid. Y una vez en el cuarto, saqué el vestido más lindo que había comprado en Lavapies, los zapatos que estrené aquel domingo, y dejé todo preparado para después del baño.
Prendí la tele y encontré el canal en el que siempre pasan los festejos de fin de año en las distintas ciudades del mundo. Puse el volumen bien alto y me sumergí en la bañera llena de agua y sales de lavanda. Desde ahí y con los ojos cerrados fui escuchando los comentarios sobre la sobriedad de Londres, la majestuosidad de París, el despliegue de Roma, y la algarabía de Madrid.
Al escuchar Madrid me levanté como por reflejo y así, desnuda y chorreando agua sobre la alfombra, me paré frente al televisor. Allá ya pasó la última noche del año, pensé. Pero enseguida me sequé, me vestí, me pinté, me puse una gotas del perfume nuevo. Y salí.
No siempre regresar es volver al lugar del que nos fuimos. A veces es llegar a uno tan distinto que hay que aprender a reconocerlo de a poco.
La noche está bárbara. Hay muy poco movimiento, pero las calles no están desiertas. Caminé cerca de una hora hasta volver al restaurant del hotel. Ya está. Ahora solamente tengo que pasar el momento en el que, cuando avance un poco la noche, la silla de enfrente igual siga vacía. Creo que es lo más difícil. Después ya está. Todavía no sé muy bien por qué decidí esto. Pero estoy acá. Y mañana sí, ya volveré a casa. Seguramente también llamaré a mi hermano, a algunos amigos. O esperaré a que me den ganas de que eso suceda. No sé. Mientras tanto ya empiezo a pensar en los deseos para el año que está por empezar, en las ganas, en lo pendiente. Y sin tamizar nada de lo que se me aparece, lo escribo en las últimas páginas del cuaderno.
Empiezan a descorchar las bebidas. En pocos minutos van a dar las doce. Seguro que en el brindis todos los que estamos acá, solos o acompañados, vamos a chocar las copas y desearnos que el año que viene sea mejor para todos. Algunos mirarán a los ojos y sonreirán, otros bajarán la mirada por la vergüenza de la emoción, pero todos nos desearemos que lo bueno llegue y que lo malo se acabe.
Desde esta mesa se ve la luna. No está llena, pero está hermosa.
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Una casa con diez pinos
Hace 5 años.