Caminé sin parar toda la tarde. Ni sé por dónde estuve, ni como llegué hasta ahí. Abrí el celular: estoy cerca de tu casa, ¿estás?
Ví la silueta de Rafa ya en la puerta y recién cuando lo tuve cerca, pude llorar. Tal vez antes no pude por miedo a no parar nunca más. Me abrazó en silencio, me sostuvo fuerte, me dejé sostener por sus brazos y lloré. Sentí vaciarme de lágrimas ahí mismo, contra su pecho y él, paciente, esperó. Cuando empecé a tranquilizarme oí su voz que me decía al oído ¿querés contarme, o mejor no?
Mejor no, balbuceé.
Entonces otra vez sus dedos rodearon toda mi mano y apretó su palma contra la mía con fuerza. Empezó a caminar por el pasillo, por la escalera, guiándome despacio hasta llegar a la puerta del departamento 4. Acá vivo yo, bienvenida, me dijo mientras hacía un gesto de reverencia invitándome a pasar.
Después de ofrecerme un vaso de agua, de miles pedidos de disculpas y de miles de sonrisas ante cada pedido, después de dejar definitivamente claro que era mejor no hablar de lo que me había pasado esa tarde, él se puso a despejar un poco de cosas así tenemos por lo menos donde sentarnos y yo, en silencio, a ayudarlo. Y cuando ya estuvimos un rato largo como si jugáramos a las escondidas, merodeando por todo el ambiente que es su departamento, uno y otro por distintos rincones, se acercó, me agarró de la cintura dejándome de espaldas a él y me dijo: ¿te quedás un rato más?: fideos con salsa de hongos, un vinito rico, una película y un chocolate con almendras de postre…¿querés?
Asentí con la cabeza y nos pusimos a cocinar. Los fideos estuvieron riquísimos, el vino ayudó a devolverme sonrisas veraderas, la película fue La lección de piano y el chocolate acompañó cada escena. La vimos juntos por primera vez, aunque cada uno ya la había visto antes. La disfrutamos en silencio, atentos, apenas rozándonos las manos por momentos, y en otros dejándonos librados a las ganas de hacer de cuenta que estábamos ahí porque no podía haber otra posibilidad que ésa: estar juntos.
Durante la película lloré otra vez. Lloré por ella y lloré por mí. Pero esta vez no tuve miedo de vaciarme en el llanto.
Cuando terminó, despegué la cabeza del huequito de su pecho y le pedí que llamara un taxi. Sí, mejor me voy, me hiciste demasiado bien esta noche y no vaya a ser que me acostumbre. Sonreímos.
Cuando llegamos a la puerta de calle me dio vuelta y me besó. Reconocí el gusto que me había dejado ese último beso en la puerta de mi casa y disfruté el reencuentro. Y en ese instante que duró su beso el cuerpo entero -que creí disecado por completo un rato antes- se me humedeció, por dentro y por fuera. Fue como recuperar hasta el último mililitro de líquido perdido en las lágrimas lloradas horas atrás sólo con un beso. Con su beso.
Hace rato que estoy sola en casa y no puedo sacarme algunas escenas de la cabeza. Y mientras las repienso y las revivo no puedo dejar de preguntarme: ¿será que hay hombres que no pueden hacer otra cosa que mutilarnos, mientras que otros están hechos para desearnos deseantes?, ¿son tan hombres unos como otros?, ¿cómo es posible diferenciarlos?
Y yo... ¿qué clase de hombres elijo yo?
Una casa con diez pinos
Hace 5 años.